“Usted no es petrista. No es uribista. No es abelardista. Usted es amigo, primo, Madre, Hija, hermano.”

Hace poco jugaba con mis estudiantes el juego del genio. Uno pide un deseo, el genio se lo concede, pero lo hace mal a propósito. Le pide riqueza y lo deja a uno “rico” pero con sabor pollo. La sintaxis del deseo es correcta —“quiero ser rico”—, pero la semántica, lo que usted quería decir, se pierde en el camino.

Yo creo que con la política nos pasa una cosa parecida. Pedimos cambio y nos dan revancha y venganza. Pedimos orden y nos dan (piden, más bien) obediencia. Pedimos libertad y nos dan mercado sin control. Pedimos justicia y nos dan enemigos. El poder escucha nuestras palabras más pobres, nos convence que las cumple al pie de la letra y después nos cobra por el desastre.

Hace unos días hablaba de esto en clase. Empecé con semiótica —Saussure, Barthes, Baudrillard— y terminé en Trump, Petro, Jamaica, Uruguay, José Mujica y una reunión de padres de familia en un colegio público de Barranquilla. La clase es una imitación coja de la vida: uno cree que está explicando un concepto y, cuando viene a ver, está tratando de entender por qué un país entero no sabe hablar consigo mismo.

En este cambalache la sintaxis es la forma de la frase; la semántica, lo que esa frase significa. Entre una y otra hay un valle enorme. Ahí viven la poesía, el humor, el malentendido y la política. Dos personas no leen el mismo libro. Un libro y dos lectores distintos son dos libros distintos. Una misma palabra —libertad, pueblo, seguridad, paz— puede significar esperanza en una casa y amenaza en la de enfrente y entre las dos reside la incomunicación.

Querer decir y no poder: la incomunicación como discrepancia entre el deseo y la herramienta.

A mí me interesa mucho la incomunicación porque no es silencio. Es algo más triste, más fuerte y poético: querer decir y no poder, una discrepancia profunda entre el querer y el hacer. Es una batalla entre el deseo de comunicar y la falta de herramientas para hacerlo. Es cuando dos personas que se quieren están cargadas de emociones que no saben gestionar y ninguna es capaz de dar el primer paso. Es cuando en Primero B una niña le pega al niño que le gusta porque no sabe qué hacer con eso que siente. Y es lo que pasa en la política colombiana todos los días.

Michel Houellebecq dice algo interesante sobre la timidez: hay un desfase entre querer y hacer. El corazón pide una cosa, la cabeza parece aceptar, pero algo en el cuerpo bloquea el acto. Yo veo ese desfase reproducido a escala colectiva. Hay un deseo masivo, honesto, de vivir bien, de no pelear tanto, de construir algo distinto. Y hay algo, fabricado o no, que impide que esa voluntad se convierta en acción.

Ese algo empieza en el lenguaje. Nos entrenaron para entender el país con dos cajones: izquierda o derecha, pueblo o élite, comunismo o patria, progreso o atraso, centro o sensatez. Una sintaxis política aparentemente clara, pero una semántica miserable.

Dos cajones: izquierda o derecha, una sintaxis clara para una semántica miserable.

La polarización surge entonces como herramienta maldita de gestión de significados. El truco va más allá de hacer que la gente esté brava, y tampoco es que las redes nos hayan vuelto insoportables, aunque algo de eso hay. Se trata de que alguien aprendió a gobernar el hueco entre lo que decimos y lo que queremos decir. Reduciendo el mundo a bandos, convirtiendo al adversario en peligro moral y dejando intactos los asuntos que exigirían inteligencia, costo, paciencia y continuidad.

La polarización como herramienta: reducir el mundo a bandos para dejar intactos los asuntos que importan.

Mientras discutimos si el país debe girar a la izquierda o a la derecha, casi nadie pregunta por qué tantas empresas colombianas son ineficientes por diseño. No por incompetencia: por conveniencia. Mayor eficiencia exige optimizar procesos, integrar sistemas, pagar mejor, asumir compromisos que buena parte de la clase dirigente no quiere asumir.

Al poder, izquierda o derecha, lo que más le interesa es el estatus quo.

Al poder —izquierda o derecha, empresarios o sindicatos— lo que más le interesa es el estatus quo. De boca afuera, todo el mundo quiere un país más próspero. En la práctica, quien tiene poder suele tener terror de bajarse del lugar donde está. La derecha quiere conservar su mundo. La izquierda, cuando llega, empieza a fabricar el suyo. El empresario, el sindicato, la iglesia, el partido, el contratista, el líder estudiantil profesionalizado: todos pueden usar palabras distintas para defender el mismo deseo elemental: que las condiciones no le lleven a bajarse de donde está, o incluso, evitar a toda costa cualquier posibilidad de que pase.

Por eso izquierda y derecha son categorías útiles, pero insuficientes. Sirven para ubicar tradiciones, intereses, sensibilidades. No sirven para explicar todo. Muchos problemas decisivos están por encima y por debajo de ese eje: crisis del agua, deuda pública, productividad, corrupción, captura institucional, agotamiento ambiental, modelo de desarrollo, dependencia económica.

La crisis hídrica global no cabe en nuestras peleas de camiseta.

La crisis hídrica global, por ejemplo, no cabe bien en nuestras peleas de camiseta. China y Estados Unidos consolidan poder sobre recursos, infraestructura, tecnología y rutas estratégicas. En Asia, África y América Latina, el agua, la energía y la financiación de infraestructura van a definir buena parte del siglo. Eso no es un tema de izquierda o derecha en el sentido limitado en que usamos esas palabras. Es poder concentrado sobre las condiciones materiales de la vida.

El modelo de desarrollo es otro ejemplo. Nos vendieron una idea absurda: crecer infinitamente en un planeta finito. Nadie en ninguno de los dos lados del espectro quiere discutir eso en serio, porque ambos viven dentro de la misma religión moderna: capital, consumo, trabajo, retorno de inversión, crecimiento. El país comunista más grande del mundo opera con la misma gramática de capital. Parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del modelo.

El influencer que muestra una vida de objetos de lujo y el pelao del barrio que se pone un anillo bling bling para la foto habitan el mismo mito: felicidad es consumo, dinero es valor. Cambia el nivel de aspiración —un Audemars Piguet de cuatrocientos millones o un brillo barato—, pero el mito es idéntico. Y los algoritmos hacen lo suyo: nos devuelven nuestros propios sesgos, repetidos hasta que parecen verdades.

La política aprendió de ese mercado. El candidato ya no vende solo programa: vende un personaje. El ciudadano no compra solo propuesta: compra una versión de sí mismo. Votar empieza a parecerse a consumir una identidad, y por eso cambiar de opinión se vive como perder la cara.

El binarismo tiene otra ventaja para quienes mandan: impide reconocer hechos. Si un gobierno que detesto hizo algo bien, mi tribu me obliga a negarlo. Si mi líder hizo algo indecente, mi tribu me entrena para justificarlo. Si Duque tuvo una política juvenil valiosa, cierta izquierda no puede decirlo sin sentirse sucia. Si durante Petro los bancos tuvieron utilidades enormes, cierta derecha no sabe qué hacer con ese dato. La realidad queda subordinada a la camiseta.

Dos personas no leen el mismo libro. Dejamos de discutir con ciudadanos y empezamos a discutir con caricaturas.

Entonces la discusión pública se vuelve un teatro de mala fe. El pobre que vota por la derecha es tratado como idiota. El empresario que vota por la izquierda, como traidor de clase o hipócrita. El sindicalista que critica al gobierno propio, como vendido. El creyente que duda de su candidato, como tibio. Todos aprenden a vigilar el lenguaje del otro y a perdonarse el propio.

Hace poco, en una reunión de docentes, una abogada adscrita a cierta secretaría de educación se paró frente a padres de familia y dijo que los profesores se reían en el celular mientras los estudiantes se peleaban en recreo. No era cierto. Era una historia construida desde la nada con la lógica del discurso político: acusación sin prueba, narrativa sin responsable, golpe sin firma. Eso tiene nombre: calumnia. Pero también tiene una función. Mina la autoridad de quienes trabajan y fabrica un enemigo disponible. Es la política de la diferencia aplicada a un colegio público. El mismo mecanismo, en miniatura.

Lo más grave no es que discrepemos. Una democracia sin desacuerdo sería un cementerio con urnas. Lo grave es que confundimos discrepancia con degradación del otro. Dejamos de discutir con ciudadanos y empezamos a discutir con caricaturas: el mamerto, el facho, el tibio, el comunista, el paraco, el bodeguero, el vendido. Cada palabra parece describir, pero en realidad cancela. No nombra al otro: lo reduce.

Por eso digo que todos los fascistas se parecen. No porque tengan exactamente la misma ideología, sino porque comparten método: simplificación, enemigo interno, pureza, nostalgia de una grandeza perdida, carisma sustituyendo política, violencia presentada como limpieza moral. Son el genio del deseo cumplido mal. La sintaxis correcta, el significado destruido.

Los extremistas nunca son buenos en el poder. Un país puede aguantar gobiernos malos, incompetencia, corrupción, crisis económicas profundas. Lo que no siempre aguanta es un extremista con poder suficiente para reconfigurar instituciones a su imagen. Da igual si entra por la puerta izquierda o derecha: cuando el lenguaje se vuelve arma total, la democracia queda desnuda.

Hay países que han entendido, al menos por momentos, que gobernar no consiste en incendiar lo anterior para probar pureza. Jamaica enfrentó una crisis fiscal que no se resolvía con orgullo partidista. Un gobierno inició un camino, otro de signo contrario encontró resultados y decidió no dinamitarlo. Uruguay ha construido alternancias donde la llegada del adversario no implica borrar todo lo hecho. José Mujica, exguerrillero, expresidente, hombre perseguido por el poder, pudo conversar con adversarios históricos para decirle a nuevas generaciones algo elemental: no se sale adelante si cada quien llega a destruir lo que hizo el otro.

Aquí, la sola idea de eso genera urticaria.

La solución suena decepcionante porque no cabe en un eslogan furioso: trabajo en equipo pero algo más difícil que la versión del personero de la escuela; acuerdos verificables, continuidad administrativa, reconocimiento de aciertos ajenos, límites institucionales, capacidad de negociar sin convertir toda concesión en traición. Trabajo en equipo que significa que el otro no deja de tener intereses, y eso no lo convierte en basura moral.

Para llegar hasta allá hay que abandonar una comodidad: sentirse superior al que vota distinto. Esa droga política tan efectiva que alivia, ordena, excusa. Permite no pensar. Pero ningún país sale adelante mientras media población cree que la otra media es estúpida, malvada o manipulada. Esa creencia no produce lucidez sino una enferma noción de que tenemos por derecho divino o moral permiso para maltratar.

Tal vez el primer acto político serio sea semántico. Antes de repetir izquierda, derecha, centro, pueblo, libertad, seguridad, patria, cambio, habría que preguntar: qué significa aquí, para quién, con qué costo, contra qué evidencia, bajo qué límite. Nombrar mejor no resuelve la crisis del agua ni paga la deuda ni limpia la corrupción. Pero nombrar mal garantiza que nunca lleguemos a esos problemas.

Por eso mismo le digo una cosa a todo colombiano que lea esto: usted no es petrista, no es uribista, liberal, conservador, progresista, libertario o antipolítico. Usted es hijo de alguien, amigo de alguien, vecino de alguien. Alguien que quiere llegar vivo a casa, trabajar sin ser exprimido, enfermarse sin quebrarse, tomar agua limpia, criar sin miedo, disentir sin volverse enemigo.

Nos parecemos más de lo que el negocio político permite admitir. Por eso insiste en separarnos. La diferencia organizada produce votos, contratos, audiencias, donaciones, carreras. La semejanza obliga a gobernar.

El genio sigue esperando nuestra próxima frase. Si volvemos a pedir “un país mejor” con palabras vacías, nos dará otro bando, otro líder, otro enemigo, otra temporada de furia. Quizás esta vez convenga formular mejor el deseo: no queremos ganar una guerra imaginaria; queremos un país que pueda discutir sus problemas reales sin destruir a quienes deben resolverlos juntos.