—Eso es un trastorno mental, no es de gente normal—

Esa fue la primera reacción de Noryelis, una estudiante a la que le pregunté qué pensaba del aura farming. Jhoender complementó: —Es una forma muy estúpida de expresarse libremente— Neyder se quedó callado, comiendo algo, mirando por la ventana; estaríamos todos de acuerdo en que, en ese momento, Neyder estaba farmeando.

Yo llegué armado con un manuscrito incipiente sobre el tema, un resumen de marcos teóricos y poco más; pero aquello no me alcanzó para darles una respuesta lo suficientemente diciente. En quince segundos me tumbaron el discurso; que si era un trastorno; que si era de gente estúpida; que si cómo te recuperas socialmente de eso.

Lo que vino después fue más revelador que la mayoría de mis lecturas académicas. Los pelaos no tenían razón en todo —no la tenían en absoluto—, pero la contradicción que fueron desnudando en la conversación era exactamente la que el fenómeno pone sobre la mesa.

Las respuestas siempre las tiene la historia.

“La historia no se repite, pero rima” decía Mark Twain, y por eso el primer video que les mostré fue el de unos jóvenes bailando Tecktonik. El asco en sus caras no se hizo esperar, recordándome como un flashback al que yo mismo sentía a esa edad frente a esos espasmos mecánicos de helicóptero descompuesto. Después vino una risilla con ese cariño condescendiente que se le tiene a un primo lejano que baila horrible en las fiestas. ¿Esos son los emos?, preguntó Noryelis con una confusión tan genuina como su espanto. Luego les mostré el Harlem Shake y se me ocurrió proponer que hiciéramos uno, algún día en mi salón. Me miraron con una piedad fulminante: qué cringe, pensaron ellos en voz alta, qué desespero del profesor por parecer contemporáneo, pensé yo que pensaron; Y entonces, como suele suceder con las cosas importantes, la bombilla se encendió sola.

—O sea, es el mismo concepto, pero diferentes nombres en cada época—, dijo Noryelis, quien minutos antes había dictaminado que el aura farming era un trastorno mental.

Y entonces hubo un entendimiento grupal; La necesidad de reconocimiento no nació ayer ni en 2025; lo que nació fue un nuevo artilugio del lenguaje para bautizarla. Los hilos de Twitter de fanáticos del fútbol y del baloncesto venían usando la palabra «aura» desde hacía años para describir a esos atletas —un defensa central impasable, un base que encesta sobre la bocina sin pestañear— cuya compostura es tan rotunda que hasta sus fallos parecen de una escultura griega a semejanza de un héroe, y por lo tanto, perdonados de antemano. De ahí el término saltó a TikTok, donde se cruzó con una metáfora sacada directamente de los videojuegos de rol: el farming o farmeo, una faena mecánica que consiste en repetir una y otra vez una acción para cosechar puntos de experiencia, recursos, premios y que al combinarse, la fórmula cuajó en un término perfecto.

Farmear aura es salir a la escena de la obra de cotidianidad a recolectar saldos de admiración, cosechar reconocimiento y llamar la atención de forma positiva en el grupo. El Tecktonik en mi época, por muy ridículo que pareciera, era eso. El Harlem Shake era eso. Los voluminosos peinados de los setentas eran eso. el juego de hoy que no es más que otra forma del juego de la vida, esta vez con lógica de videojuegos, un marcador imaginario que sube y baja con unas reglas que los participantes estamos de acuerdo en asumir y finalmente divertirnos y pertencer.

El tamaño del gesto

La belleza de la naranja se entiende mejor cuando está partida por la mitad; lo más bello de un auto deportivo está por dentro; un perfume, por ejemplo, solamente revela su valor una vez se seca en la piel de la persona correcta; bajo esta lógica, un individuo “tiene aura” cuando “se revela” y lo que revela es aceptado como cool. Cuando irradia una serenidad que parece exceder la situación; el delantero que marca y camina de vuelta como quien va a montarse en un Ferrari, o el pelao que responde una provocación con una ceja levantada y tres palabras precisas no son muy diferente cuando nos acomodamos a las proporciones. El aura se gana al sostener la compostura cuando todo invita al exceso, al aparecer en el encuadre con la actitud de película y así mismo, el aura se pierde, y de forma contable se castiga cuando llega el momento cringe, la torpeza visible, la necesidad de aprobación que se nota demasiado. El esfuerzo que se transparenta, Menos 1000 de aura para ti.

La puntuación es, en efecto, ficticia. Los números son hiperbólicos, paródicos, exagerados a propósito y todos lo saben. de 1000 en 1000, o de 500 en 500, menos 2000 por acá, menos quincemil trescientos cuaranta y dos por este lado; todo es inventado menos lo que esa puntuación dramatiza. “+500 de aura” por una respuesta imperturbable condensa un juicio social tan real como el “-1000 de aura” por tropezar subiendo las escaleras del colegio. La fórmula funciona porque permite decir algo que de otra forma sería insoportablemente solemne.

Imagina decirle a alguien: —Tu forma de reaccionar ante esa situación reveló una compostura admirable que te posiciona favorablemente ante tu grupo de pares—. Nadie habla así. En cambio un —más 1000 aura, bro— dice exactamente lo mismo en cuatro palabras y con humor. Es una gramática moral condensada, una forma de darle sentido al mundo y las relaciones disfrazada de meme.

Una persona no tiene aura

Escribí yo en el tablero con marcador azul delante de mis tres estudiantes: Una persona no tiene aura.

Y la reacción de Noryelis fue inmediata y precisa:

—Porque, quizás, el aura depende de las demás personas. Tú no puedes permitir que las demás personas le pongan valor a tu personalidad o a tu persona—.

Ella había empezado diciendo que aquello era un trastorno mental y acababa de formular sin haber leído a Bourdieu, sin tener idea de quién era Honneth. ¿Teoría del reconocimiento? ¿Quéjeso? Pero la cuestión estaba clara: el valor no es una propiedad innata del hombre. El valor se otorga.

Bourdieu llamó capital simbólico al crédito social que existe solo porque otros lo reconocen; aquello lo entendieron intuitivamente estos pelaos con la lucidez de quien vive adentro del fenómeno. Tú no tienes valor. Ni tú, ni tú. Pedazo de animales, ninguno de nosotros tiene valor decía en broma (o quizá no tanto) Jhoender. El valor es una decisión social.

El aura farming cumple la función de traductor social, al hacer explícita la contabilidad que el prestigio clásico siempre tuvo, pero fingió no tener. Bourdieu insistía en que el capital simbólico funciona mejor cuando finge no ser una economía. El aura farming, al no conocerlo, comete la indiscreción de romper esa ficción; se sienta en el plano de la realidad y nos dice: sí, estamos midiéndote zoquete y por cierto, los puntos son inventados, el marcador no lo lleva nadie y la medición tampoco pero no deja de ser real.

La anécdota de Juvenal y el zapato

Nos acabábamos de comer un pan con queso y arequipe recién hecho. En medio de la reunión; había salido a buscarle un refrigerio a los chicos, la lluvia me atrapó, una cosa llevó a la otra y terminamos contando anécdotas, en un salón con un frío acogedor, en una de las ciudades más calientes del mundo entero (exagero) y con lluvia cayendo en la ciudad a través de la ventana, lo que uno llamaría, un momento chill.

Fue Entoces cuando Jhoender, en un momento de iluminadora ligereza, contó algo que me pareció más lúcida que las tres cuartas partes de la literatura que había sobre reputaciones, valor social, status y capital; nos contó que durante un descanso, Juvenal, un compañero y amigo de su mismo grado lo pisó por accidente. Y en vez de disculparse normalmente, dijo: «Erda, te pisé» — y se limpió su propio zapato, como diciendo que el pisado era una plasta de mierda. Todos se rieron. Y desde entonces, cada vez que uno pisa al otro, repiten el gesto: pisan, dicen «erda, te pisé» y se limpian el zapato.

Se me salió una lagrimita de orgullo porque Jhoender lo había entendido; su historia ilustra cómo nace el aura en la vida real, antes que en TikTok o en cualquier otra red social, cómo nace en un colegio, en un patio de recreo en Barranquilla, de donde yo vengo; donde él y muchos jóvenes más habitan. Un error se convierte en un momento. El momento se convierte en ritual. El ritual se convierte en código de pertenencia del grupo. Sin que nadie planee, optimice, o piense en una audiencia se crea algo intenso y valioso, que la comunidad unánimente a través del acto de la continuación decidió que valía la pena repetirlo; estaban cosenchando (farmeando) aura.

El aura no se fabrica. Se cosecha de momentos vividos que adquieren densidad porque son reconocidos como momentos significativos. Walter Benjamin —que perdonen los pelaos la solemnidad— escribió en 1935 cuando describía el aura como la «aparición irrepetible de una lejanía». Benjamin deploraba que la reproducción técnica estuviera matando el aura de la obra de arte. Casi un siglo después, una generación resucita la palabra con una consigna que en un acto inadvertidamente iconoclasta revierte el valor del signo: la reproducción no mata el aura del instante. La produce. El clip puede repetirse un millón de veces, pero lo que se celebra en él es la sensación de un ahora que ocurrió por única vez ahora; Invertido Walter Benjamin, Benjamin Walter cumplido.

Entonces ¿Quién decide?

Y aquí llegamos al corazón de la manzana, donde duerme el gusano, Porque finalmente el aura no se crea ni se destruye, no se posee, ni realmente se farmea (cultiva). El aura, lo que se dice aura, solamente se puede recibir y entonces si el aura se recibe sin que verdaderamente se pueda poseer, la cuestión decisiva no es cómo se farmea. Es quién decide qué cuenta como aura y qué es lo que por otro lado “da cringe”.

La respuesta a esta pregunta tan trascendental para la humanidad no reside en otro lugar sino en la versión miniatura de esta: la comunidad. Los comentarios, los compañeros, la audiencia. Nadie se da aura a sí mismo sin quedar en ridículo. Decir «yo tengo aura» es probablemente la forma más efectiva de conseguir que te la arrebaten.

¿Será entonces igual de fácil para todos haciendo las acciones correctas recibir la misma cantidad de aura?

Pues no.

La serenidad que en un cuerpo se lee como dominio sobre uno mismo, en otro se lee como una amenaza. La confianza que en un rostro parece carismática, en otro es decodificada como arrogancia. El silencio que en un joven de cierta clase social es “misterioso”, en otro de otra clase es leído como antipático o en otro de otra clase y unos cuantos tonos más oscuros parece para los mismos como un “sospechoso”. Una sola compostura puede sumar aura o restarla dependiendo de quién la encarne, de qué cuerpo la porte o de qué código estético la enmarque y esto, es antes que cualquier matiz, la estructura misma del fenómeno.

Y es un poco como lo que Noryelis formuló: No podemos dejar que las personas nos definan si tenemos aura o no, porque el aura depende de lo que tienes… y lo que otros deciden por ti.

Un invento propio

Mira, yo escucho a los adultos que dicen «los jóvenes están alienados por las métricas» y me pregunto en qué planeta viven. Porque lo que yo veo en el salón de clase es otra cosa.

Me imagino a un pelao de quince años al que la escuela le dice que su valor está en sacar buenas notas, y no llenar un observador; que luego estudia o no y el mercado laboral le dice que su valor está en acumular títulos que no puede pagar y luego la sociedad le dice que su valor está en comprar las cosas correctas.

Luego me imagino que, por otro lado, ese mismo pelao descubre que una respuesta seca en el momento justo, una caída manejada con humor, una entrada al campo con la actitud correcta, pueden valerle algo ante sus compañeros; sin ningún juicio, diploma, amenaza ni permiso de nadie. Solamente con una escala imprecisa, tosca, irónica, exagerada, pero suya… y me llega un fresquito.

Los jóvenes no se sentaron, ni se sientan ni se sentarán hoy o mañana a esperar que el mundo adulto les diga quiénes son. Los jóvenes deciden y al decidir, resisten y sí, uno podría llamarlo resistencia si quisiera ponerse solemne, pero ellos lo llaman hoy “tener aura” y probablemente eso sea mucho más honesto.

Sin embargo, esta lógica guarda una cara bastante oscura. Si la identidad se forma como acumulación de momentos validados por los otros, un yo frágil y a merced de la validación ajena quedará constantemente en deuda con el próximo instante memorable. Esa búsqueda identitaria se convierte en su cruz y prisión: La cosecha nunca termina. Siempre falta el acto, el farmeo que complete la suma. No basta con vivir algo. La vida, debe ser memorable para el otro ¿Sentir? Sentir debe ser algo excepcional y público. La exploración propia de tener X años adolescentes —ensayar, equivocarse, probar quién se quiere ser— se vuelve más pesada cuando cada ensayo puede quedar fijado en la memoria colectiva como una cachetada de Will Smith a Chris Rock en un mundo en el que aquello que genera el riesgo es algo más que la vanidad. Es el agotamiento de un yo que solo puede confirmarse cuando el momento ya pasó, el aura se farmeó y aquello se puntuó.

La pregunta de Neyder.

Al final de la sesión, cuando todo parecía cerrado, Neyder —el que llevaba veintitrés minutos callado, comiendo, mirando por la ventana— habló por primera vez y dijo:

—¿Nuestra personalidad en realidad se basa en nuestros criterios y creencias o en la moda? —

Y yo, que llevaba semanas leyendo fenomenología, psicología del desarrollo y teorías sobre las plataformas, me quedé pensando en lo bien hecha que estaba la pregunta y lo bien que se podría reformular para la ponencia: ¿Acaso nuestra personalidad de verdad se basa en lo que creemos de nosotros mismos o en lo que creemos que la gente cree de nosotros?

Pero la pregunta original de Neyder era más directa y también más clara. Y es que el aura farming es eso, el retrato vivo de una generación que encontró una práctica —lúdica, irónica, a veces cruel, pero también emancipadora— para negociar en la realidad la distancia entre quién soy y quién los demás creen que soy; con momentos, con escenas, con puntuaciones ficticias que no se suman en ningún lado pero que registran juicios reales.

Desde afuera, para los incautos de ayer y los de hoy, forma que esta generación encontró para hacerse una pregunta que todas las generaciones se han hecho podría parecer frívola, pendeja, subproducto de los primeros indicios del apocalípsis digital pero nada podría estar más lejos de la verdad; ninguna generación había tenido que responder esta pregunta bajo tantas miradas simultáneas, ante tanto estímulo, con tanto ruido de fondo.

Cada generación se ha inventado sus propias formas de decir yo existo y esto que viví importa. Algunos abuelos lo hacían con cicatrices y anécdotas de cantina. Sus padres quizá con foticos en cajas de zapatos. Estos pelaos lo hacen con clips de quince segundos en tiktok y puntuaciones imaginarias; con competencias improvisadas en sitios públicos; creando recuerdos y momentos de encuentro mientras a ojos de otro hacen el ridículo. Aunque cambie el formato, seguimos en la misma búsqueda como humanidad.

Recuerdo a Neyder, callado, mirando por la ventana mientras los otros discutían. Y me pregunto si en ese silencio y sabía que estaba farmeando aura. O si simplemente estaba ahí siendo alguien sin necesitar que nadie lo puntuara y tal vez esa sea la escena que más vale la pena guardar.