El amor no busca complementos: apego ansioso y evitativo en el amor

¿Por qué amamos a quien nos hace daño? Veremos cómo el apego ansioso y evitativo en el amor moldea tus relaciones y qué puedes hacer para encontrar otras formas de hacerlo.

RELACIONES HUMANASOPINIÓNCULTURA

Néstor De León

4/4/20268 min read

Hace un par de días salí con un par de amigos muy queridos a quienes no veía hace años, habíamos estudiado juntos y la vida y el tiempo nos llevaron por caminos distintos. Andrés había vuelto de España por unos días y me invitó a reunirme con él, Kevin y otros amigos de ellos; en medio de la experiencia y con un par de tragos encima, una cosa llevó a la otra y terminamos hablando de amor; precisamente de una pareja en la cual había dos personas muy distintas que se querían mucho pero algunas veces no encontraban cómo encajar en el mundo del otro. De esa charla y de una clase de Estrategias de Contenido donde surgió de nuevo el tema nació este texto que hoy comparto con ustedes.

Normalmente, en las relaciones, no buscamos a la persona que nos complemente, como si estuviéramos incompletos. Porque no lo estamos.

No buscamos a nuestra media naranja, pues no somos frutas partidas a la mitad. No buscamos a la persona ideal, al perfect match, al epítome de la humanidad, a quien además no vamos a encontrar. Quien busca una persona perfecta probablemente está buscando otra cosa, y no lo que dice buscar, probablemente a sabiendas de que no lo encontrará, y a veces ni siquiera lo sabe

En las relaciones no buscamos establecer vínculos imposibles ni construir proyectos de negocio. Eso lo inventaron unos gurús para hacernos creer que el amor era algo que debería servir para meter en un engranaje vacuo y generar ingresos.

Lo que generalmente buscamos, sin saber que lo estamos buscando, es un trauma que se complemente con el nuestro. Para hacernos creer a nosotros mismos que estamos bien.

El apego evitativo y el apego ansioso son dos términos muy comunes hoy para referirse a la forma en que las personas se enfrentan a las relaciones. Pero entre esos dos conceptos hay uno importante que ha sido infrautilizado y que explica mejor lo que pasa con el afecto: el apego saludable.

En las relaciones normalmente nos encontramos con personas que tienen tipos de apego diferentes a los nuestros. Inconscientemente nos llevan a creer que aquello que vemos en esa persona es lo que nos falta para ser felices.

Primero quiero hablar de la gente que tiene apego saludable. Esa es la gente que menos vas a ver buscando pareja y si te la encuentras, y por alguna razón del destino tú —con tu apego enfermo, que es lo más probable que tengas si estás leyendo esto— te vinculas con ella, te vas a encontrar con una relación efímera. Una relación en la que, a las primeras señales de alerta, esa persona probablemente reaccione, te ponga límites y, eventualmente, si no se solucionan los problemas, se vaya.

Lo hará porque la gente con apego saludable antes que saber amar sabe amarse y saber amarse es saber reconocer dónde nos están vulnerando. Dónde el afecto que se nos da no es el afecto que merecemos. Y cuándo decir adiós.

La gente con apego saludable entra en una relación y, si la relación funciona, tiende a quedarse. No por dependencia, sino porque sabe construir. Pero también sabe irse cuando las cosas dejan de sumar, aunque no haya heridas de por medio. A veces la gente sana termina relaciones buenas porque creció, porque cambió, porque la vida los llevó a otro lado. Apego saludable no es quedarse para siempre, es saber elegir cuándo quedarse y cuándo no.

Esa gente no está en el mercado de las parejas pero esa gente no somos nosotros, la mayoría.

Esa gente representa solo una parte de este complejo mundo de emociones en el que vivimos. Y en este mundo se encuentran dos tipos de afecto que tienden a unirse, como imanes de polos opuestos: el apego evitativo y el apego ansioso.

El apego evitativo, según la literatura científica en psicología (y es que yo psicólogo no soy), suele partir de una herida de rechazo, o algo que se sintió en su momento, cuando no sabíamos muy bien de la vida, como rechazo. Son personas que en su infancia, por sus cuidadores (padres, madres…), se sintieron rechazadas. A veces de forma explícita. A veces simplemente porque había distancia emocional, frialdad, ausencia de validación. Son personas que constantemente veían cómo alguien más —un hermano mayor, una hermana mayor, el hijo pródigo— recibía atención. Y lo que ellas no recibían se sentía, aunque fuese o no fuese así, como sobras.

Históricamente, a lo largo de su vida, crecieron con una herida de rechazo que se hizo cada vez más grande. Hasta el punto en que aprendieron que no podían esperar aceptación de sus cuidadores. Y por lo tanto, no iban a buscar aceptación. Iban a aprender a rechazar primero, para protegerse del rechazo.

Por otro lado está el apego ansioso que suele partir de una herida de abandono o de inconsistencia. Son personas que de niños o niñas se sintieron abandonadas por sus cuidadores. Que sentían que eran ignoradas. Que a veces recibían atención y otras veces no, sin entender muy bien por qué detrás de estos patrones. Niños y niñas que tenían que gritar y alzar la voz para ser vistos, y luego, cuando gritaban y alzaban la voz, les llamaban ruidosos, molestos, y los silenciaban.

Son gente que se sintió sola por largas horas. Quizá sus padres, por trabajar, por priorizar otros aspectos de la vida, por andar en modo de urgencia o por cualquier otra razón, los dejaban a cargo de otra persona o incluso solos. Y aquello que para los padres quizá era un sacrificio se sintió, de todos modos, como abandono. O peor: como un amor que aparecía y desaparecía sin previo aviso.

Pero hoy no vinimos a hablar de cómo solucionar la relación con los padres, aunque es urgente que lo hagamos. De lo que sí quiero hablar de cómo esas dos heridas se complementan.

El encuentro

En una fiesta se conocen una persona con apego evitativo y una persona con apego ansioso. Hablan, se ríen, ambos están buscando vender la mejor versión de sí mismos pero es lo que es honesto, lo real lo que crea una chispa entre ambos.

Esta persona con apego ansioso cuenta chistes, se ríe, es el alma de la fiesta y la persona con apego evitativo ve en ella un alma apasionada, comprometida. Alguien que parece que nunca le va a rechazar. Alguien dispuesto a escuchar todo lo que tiene que decir, a actuar acorde. Y se siente, en parte, como ese amor que nunca recibió en su infancia.

Mientras tanto, la persona con apego ansioso (que en ese momento era el alma de la fiesta) ve a la persona con apego evitativo y encuentra atención dispuesta completamente. Encuentra que esa persona está ahí. Que está dispuesta a todo: salir, ver la playa, correr, ver el sur, ir a norte, vivir cosas nuevas, experimentar la vida, construir quizá en su cabeza una vida juntos. Ambos sienten que finalmente encontraron a su pareja ideal.

La persona que fue rechazada encontró a alguien que parece que nunca la va a rechazar. Y la persona que fue olvidada, abandonada, encontró a alguien que nunca la va a abandonar.

Esto no siempre pasa así. No es una ley. Dos personas ansiosas pueden terminar juntas. Dos evitativas también. Pero cuando el ansioso y el evitativo se encuentran, hay algo en la dinámica que se siente familiar. Y lo familiar, aunque duela, atrae.

Se construye la relación. Se crea la confianza. Comienzan a salir las heridas del pasado, los problemas de comunicación. Una persona que se vuelve ansiosa y trata de solucionar todo de inmediato cuando hay un problema. Y otra que se cierra y no habla: ambos se culpan entre sí.

Aquella persona que siempre necesita solucionar de inmediato siente que, si no lo soluciona, la otra persona la va a abandonar y aquella persona que siempre ha sido rechazada se siente sobrecargada. Necesita solucionar los problemas de forma interna, consigo misma. Siente que esa otra persona, al buscarle, simplemente la aísla y la aleja más. Le quita la oportunidad de solucionar aquello que parece solamente solucionable en su cabeza.

Prefiere entonces, cuando es cuestionada decir: —¿por qué eres tan frío?, ¿por qué eres tan fría?, ¿por qué eres tan distante?, ¿por qué eres tan silencioso?, ¿por qué te alejas tanto?— Antes de ser abandonada, abandona y proclama: —terminemos.

No porque no haya cariño. No porque no quiera a la otra persona. Sino porque ha aprendido que la única forma de amor posible es un amor que viene acompañado de rechazo y por eso, para evitar ese dolor tan profundo (esa gran herida de rechazo), prefiere rechazar primero. Porque es mejor fallar en tus propias condiciones que esperar a que la otra persona deje de amarte y deje de quererte. Como alguna vez sintió y se le quedó grabado en el corazón.

Desde mi propia ignorancia y experiencia, hablo y comparto lo que creo: para dar sentido a estas formas tan extrañas (y tan comunes) de amar es necesario reconocer el error en el que nos encontramos. Y empezar a buscar la forma de ayudarnos entre nosotros; pero reconocerlo no basta. Hay que hacer algo con eso.

A veces eso significa terapia. A veces significa leer, preguntar, buscar ayuda profesional que nos permita entender de dónde vienen nuestros patrones. Casi siempre (creo) significa hacer un trabajo individual antes de pretender que la otra persona nos arregle. Porque nadie puede cargar con el peso de sanarte. Eso es tuyo.

La vulnerabilidad y el amor representan una gran dicotomía, una gran ambigüedad. En algún momento de dolor, comprendí que al amar a alguien, le abres tu corazón con la esperanza de no ser herido, pero con la seguridad de que lo serás.

Es en esa dicotomía, en esa ambigüedad donde conviven las relaciones humanas. No somos perfectos y en nuestra imperfección encontramos formas de amar; necesitamos amar, merecemos amar; y mientras amamos, herimos. En nuestra ignorancia sobre nuestras propias emociones, herimos. En nuestra distancia con nuestros traumas, herimos: Siempre vamos a herir.

Pero si nos enfrentamos al problema con conciencia de eso, podemos empezar a tomar decisiones que nos lleven a herir menos. Y ahí comprendemos que lo único con lo que podemos comprometernos es a tratar de herir lo menos posible al otro, sin dejar de ser nosotros mismos y esperar que la otra persona en su vulnerabilidad, por encima de su ego, esté dispuesta a lo mismo.