El dilema del arroz chino
Un arroz chino escondido en Barranquilla desata un dilema existencial: ¿comer y ser feliz o publicar y buscar aprobación? Una reflexión sobre por qué la viralidad suele ser un mal negocio asesorado por nuestras carencias.
OPINIÓN
Néstor De León
12/27/20253 min read


Cuando traje este arroz chino a casa lo primero que vi fue la abundancia; lo que hay aquí no es un arroz cualquiera, es una reconciliación con la vida misma, aunque pequeña, después de años de pequeñas y anodinas batallas interminables, es un ejemplo de que el exceso, a veces y solamente a veces es la respuesta correcta.
El Contenido de la caja en sí mismo era alarmantemente obsceno en la cantidad de presas; Cerdo, pollo en cantidades, raíces chinas y demás vegetales en su justa y discreta medida; un festín carnívoro en un sitio escondido de Barranquilla. Un tesoro gastronómico, en una guaca, como acá le dicen a los sitios escondidos donde todavía entienden que la generosidad es un ingrediente.
Pero justo cuando hundí la cuchara y a punto de dar el primer bocado, me asaltó ese demonio moderno que todos llevamos en el bolsillo. De repente, el almuerzo dejó de ser solo comida y se convirtió en una bifurcación existencial.
Me encontré ante dos caminos.
El primero era la opción de la felicidad. Simplemente comérmelo. Disfrutar de ese cerdo jugoso, ese pollito bien sabrosito, saborear el momento íntimo y callarme la boca. Guardar el secreto como quien protege una joya, asegurándome de que ese sitio bendito y propio siga siendo eso: mío, tranquilo y fiable.
El segundo camino era la opción del reconocimiento, que es también una forma sofisticada de miseria. La tentación de sacar el celular, buscar el mejor ángulo de luz, grabar un video con edición impecable y subirlo a Instagram. Hacerlo viral, decirle al mundo: "Miren lo feliz que soy, miren lo que encontré". ¿El costo? Arriesgarme a que el sitio se llene, a que la calidad del arroz empeore porque ya no dan abasto, y a ver cómo mi relación bonita con ese plato se destruye por culpa de una necesidad insana de ser visto, reconocido, comentado.
Es absurdo, ¿no? Poder escoger entre comerse el arroz y ser feliz, o aguantarse las ganas para contarle a todo el mundo lo feliz que podrías estar siendo.
Aquí es donde la salsa negra y la fritura del arroz chino se mezclan con la filosofía. Mientras debatía si grabar o masticar, recordé algo que plantea el filósofo Alain de Botton y que no ha dejado de rondar en mi cabeza desde que lo escuché: que uno de los indicadores más claros de una infancia sana es un niño que no desea ser famoso o reconocido, aquello indica que aquel niño cuenta con mecanismos internos de satisfacción y gratificación desarrollados y yo le creo, la felicidad genuina, elusiva como ella sola, suele ser una experiencia interna, privada y silenciosa.
El contrapunto es entonces el deseo desmedido de fama o reconocimiento público, indicativo quizá de una carencia afectiva. Piénsenlo: un niño que se siente plenamente amado y seguro no necesita ser famoso; le basta con jugar en su cuarto. El niño que quiere ser famoso, que grita por atención, es el que siente que no lo miran lo suficiente.
Nosotros, los adultos con smartphones, memorias rotas e infancias con traumas en común, somos a veces esos niños heridos. Si necesito que diez o diez mil desconocidos validen mi almuerzo para sentir que valió la pena, quizás no estoy disfrutando la comida, sino tratando de llenar un vacío que ni todo el sabor y la generosidad de aquel arroz podría colmar; y aquello pasa también con el amor, con la gratificación de las cosas pequeñas, con la capacidad para valorar lo íntimo sin buscar lo gigante ¿Cuántas veces dejamos de apostarle a lo bello, íntimo y valioso con la esperanza de que algo incierto, impersonal y opaco venga a ocupar su lugar?
Buscar el reconocimiento y el ser vistos, a veces en forma de viralidad es, irónicamente, una renuncia a la felicidad real. Es cambiar el placer tangible de un bocado caliente por la dopamina barata de la aprobación ajena; es hacer a un muy mal negocio asesorado por tus propias carencias, es finalmente entregar tu dicha por migajas de la desdicha ajena.
Finalmente tomé una decisión, Bajé el celular, llené el arroz de salsa agridulce, agarré el tenedor y empecé a comer. El arroz estaba delicioso y lo mejor de todo es que ustedes nunca sabrán dónde lo compré.
