
Hay Festival Cartagena: entre el Nobel y la coherencia
Hay Festival Cartagena: entre Nobel y coherencia, mi punto es simple: sin contexto, cualquier juicio definitivo termina siendo propaganda. El matiz importa.
OPINIÓNPOLÍTICACULTURA
Néstor De León
12/18/20256 min read


Llevo unos 12 años asistiendo religiosamente al Hay Festival de Cartagena y en los últimos días más de uno me ha preguntado por un tema en particular; ha salido a relucir como tema de conversación la decisión de Laura Restrepo de no participar en la edición 21 del festival debido a que María Corina Machado ha sido invitada. Opiniones, sentimientos e incluso aversiones hay muchas y de todos lados, y por eso entiendo que la gente pregunte sobre el tema y esta es, indudablemente, una oportunidad de conversación interesante.
Sin embargo, lo que me preocupa es que, más que un punto de vista, te hablen como si estuvieran esperando una sentencia. Como si la obligación de uno fuera escoger un bando y defenderlo a capa y espada casi sin matices. Como si viviéramos en un mundo de héroes y villanos en el que los villanos solamente son concebibles como el otro, que a su vez solamente es concebible como villano.
Con esto no niego lo que para mi son verdades obvias como los intereses del gobierno norteamericano en la región las claras incoherencias en los discursos que apoyan la invasión, la guerra, los gobiernos de facto y la violencia por ello pido que no me tomen a mal; yo entiendo la ansiedad detrás de esas exigencias, la necesidad de agarrarse de algo firme. Pero lo firme en política, me temo, es casi siempre una ilusión. Y cuando uno se aferra a la ilusión, suele perder de vista lo demás, que creo que es más importante: el contexto, los intereses y los valores humanos.
La trampa de la respuesta absoluta
Voy a empezar como empecé hace nada a responder en una conversación: si tú quieres mi respuesta yo creo que no habrá respuesta fácil.
Y no es postureo, ni una impostura, ni ganas (aunque no falten) de huir de una conversación cansina. Es que, de verdad, la pregunta como casi cualquier pregunta sobre política seria, viene cargada de trampa y de una malicia con la que quieren enredarte en una discusión. Sea para confrontarte y salir con la idea de que te han vencido y sus ideas son la verdad revelada, o para descubrir que estamos de acuerdo y hacer una especie de onanismo político voyeur, tácito y muy perverso.
Pero esa no es la mayor trampa. La mayor trampa es que te obligan a responder como si el mundo fuera un formulario de opción múltiple. Y lo que yo he visto en Colombia, en Venezuela, en Latinoamérica, en cualquier lugar donde la política se vuelva pasión, es que esas respuestas absolutas suelen funcionar más como objeto de identidad para colgarse al cuello que como alguna forma de verdad.
Por eso insisto en algo que a veces incomoda: las decisiones que han construido al mundo (y por extensión el mundo como algo cultural) no son en blanco y negro. Y si uno se toma eso en serio, entonces deja de buscar el lado correcto como si fuera un refugio moral y empieza a preguntar otra cosa: ¿qué intereses se mueven aquí? ¿qué contexto pesa más? ¿Dónde está jugando mi aversión o afinidad política para valorar la legitimidad de una decisión? ¿qué valores estoy priorizando, y por qué?
El Nobel, la distancia y los intereses
Pongo el ejemplo tal como lo mencioné en una conversación: el caso del Nobel y María Corina Machado, porque sirve para ilustrar cómo opera la lectura desde afuera.
Criticable o no, creo que esa decisión responde a unos intereses estratégicos y a una defensa a ultranza de los valores democráticas, por encima de otros intereses. Y aquí hay un punto clave: la distancia geográfica y política cambia el lente.
Desde lejos, muchas instituciones globales toman decisiones que se justifican en grandes principios: democracia, libertad, elecciones y esos principios importan.
Entonces, con esa lógica, sostengo que, teniendo en cuenta la distancia geográfica, es más que justificable la decisión del Nobel con todo y lo que ella representa en el contexto local. No porque crea que el contexto local no valga, sino porque la decisión, vista desde afuera, parece priorizar símbolos y mensajes estratégicos.
Ahora, al decir que la decisión es justificable no la estoy validando, ni salto detrás de ella, ni la eximo de culpa. No por eso se asume automáticamente como pura o incuestionable. Pero sí aporta un matiz, que tanto nos hace falta. Significa que, cuando miras la jugada de forma amplia, tienes mejor idea de por qué se mueve así el tablero.
Lo de Laura Restrepo: coherencia sin pedir permiso
La decisión de Laura Restrepo (según lo que ha circulado y lo que se comenta) es una renuncia: no participar en el festival mientras María Corina Machado esté invitada. Eso, para mí, no se lee bien si lo reducimos a “le dio rabia”, o “es sectaria”, o “es valiente”. Esa simplificación se para apoyarle o criticarle es parte del problema.
En el mismo orden creo que es una simplificación triste, y un error, decir que el Nobel y, por extensión, el Hay Festival hayan tomado una mala decisión. Tampoco estoy diciendo que porque el Nobel no sea una mala decisión, entonces la de Laura sí lo sea. Mi punto es otro: tú no puedes hacer una medición sin tener en cuenta los contextos y los intereses que se mueven en esos contextos.
En mi lectura, lo que hace Laura es una decisión de coherencia. Coherencia no como pureza, sino como línea ética: aquí no transo, aquí no legitimo, aquí no participo. Y cuando digo coherencia, tampoco lo digo como medalla moral, sino como una postura que asume costos.
Yo lo conecto con una preocupación mayor, desde mi lectura del momento histórico: la negación ante el peligro inminente y real de una invasión norteamericana en Colombia, y en Venezuela, y en toda Latinoamérica, y en todo el mundo. Y ahí, Laura representa una señal de PARE que merece ser enfocada: no debemos normalizar ese escenario, no celebrarlo, no maquillarlo.
Puedes estar en contra de Maduro y de María Corina y aun así entender el punto
Aquí es donde mucha gente se enreda, porque confunde matiz con tibieza. Y no: matiz no es indecisión; matiz es responsabilidad.
Uno puede estar en contra de Maduro, estar en contra de María Corina, y estar a favor de Laura Restrepo. Eso para mucha gente suena imposible porque han convertido la política en una guerra de pertenencias.
Pero si tú lo piensas con calma, tiene sentido, porque no estás eligiendo personas como si fueran equipos de fútbol. Estás tratando de sostener valores distintos al mismo tiempo: democracia, soberanía, coherencia, paz, derechos, memoria, dignidad.
Y en ese intento, a veces no hay opción buena. A veces solo hay opciones. Por eso también diré algo que a mí me parece durísimo, pero real: puede haber dos caminos incorrectos y que sean las únicas opciones.
Ese es el tipo de frase que a la gente le da rabia porque le quita la comodidad de “yo ya sé quién es el malo”. Pero a mí me interesa más la incomodidad útil que la certeza bonita.
La discusión sana empieza cuando aceptas que no tienes una verdad absoluta
El problema de vivir en certezas absolutas, y esto lo sostengo, es que terminan alejándote de la verdad. No acercándote. La certeza absoluta te vuelve sordo, te hace filtrar la realidad para que encaje en tu conclusión previa y ahí dejas de pensar.
Lo que debemos defender como ciudadanos es algo que hoy parece casi subversivo: el espacio para el debate. No para quedar bien. No para conciliar por conciliar. Sino para mirar el tablero completo: intereses, contextos, riesgos, costos humanos, consecuencias regionales y también para hacer una pregunta que casi nunca se hace en voz alta. ¿Qué valores estamos priorizando cuando aplaudimos una decisión? ¿Y qué valores estamos sacrificando cuando condenamos otra?
Prefiero el disenso que construye, a los consensos que adormecen
Yo no creo que sea sano exigir respuestas absolutas como si fueran el camino a la verdad, porque esa exigencia, en el fondo, es una forma de control.
Tampoco creo que irse en banda en contra del Festival sea una posición sana. Y lo digo teniendo claro que se camina una línea delgada y muy peligrosa cuando se le da voz y legitimidad a discursos que amenazan la existencia misma de quienes caminamos en posición de vulnerabilidad ante los grandes poderes en esta tierra.
Pero, a nivel personal, prefiero hacer otra cosa: pensar, incomodarme, incomodarlos a ustedes, y revisar si tengo o no algo que se parezca a la razón. No con la intención de quedarme paralizado, ni por evitar un compromiso, sino para no volverme fanático.
Creo de corazón que la verdad en sí misma es mucho más valiosa que cualquier victoria personal y discursiva. Y, al mismo tiempo, esa verdad no es un trofeo ganado, sino una construcción siempre incompleta, conflictiva y, sobre todo, profundamente humana.
