Si alguna vez jugaron ese juego en que les tapaban los ojos mientras tenían que seguir instrucciones de 14 personas gritando algo que parecía bajo esa dinámica muy difícil de realizar (y que claramente estas personas no sabían dar instrucciones y mucho menos, hacerlo en equipo para realizar una tarea sencilla); su situación no es muy diferente a la de este planeta donde aún no podemos ponernos de acuerdo sobre lo esencial.
En el gran esquema de las cosas el mundo parece un lugar para aferrarse a cosas que no existen. Una de esas es la patria. Yo no sé, y creo que usted tampoco sabe qué beneficios nos trae, qué representa, por qué deberíamos seguirla. Pero se asume como señal última de identidad. Como estandarte de todo lo bueno de un pasado mejor, que somos más valiosos cuando todos juntos le juramos pleitesía, bla, bla bla. Se asume como cierto, eterno e inmutable algo que es coyuntural, relativo y pasajero y encima se le da poderes sobre nosotros y se asume también que la patria nos da lo que ninguna otra cosa puede dar: un lugarcito al que pertenecer. Eso dice el mito pues, pero de eso no estoy seguro.
Lo que sí sé es esto: cuando alguien me pregunta por mi “patria”, yo no veo una bandera, ni a un señor que habla duro y en absolutos, gritando con seguridad cosas que a cualquier cristiano con pudor le quedarían de quinta, lo que yo veo son las manos de mi mujer cuando se duerme a mi lado y su respiración se convierte en el único ruido importante sobre la faz de este planeta. Veo la biblioteca de la U a las cinco p.m, en una tarde de lluvia mientras descubría a Borges, a Bioy Cásares, a Marguerite Yourcenar y los cuentos de Guy de Maupassant con un olor a libro viejo y humedad.
Mi patria no está en un mapa.
I. El mito
Barthes tenía razón: la patria es un mito en el sentido que él le dio en Mitologías: algo que convierte lo histórico en natural. que deforma sin ocultar, que empobrece sin hacer desaparecer. La patria no borra el sentido original de las cosas: lo vacía. Le pone un significado nuevo que parece inevitable pero que es cualquier cosa menos eso.
La patria se comporta como un padre abusador que se presenta como madre benevolente. Nos ofrece identidad sin esfuerzo. No necesitas conocer a tu vecino para ser patriota. No necesitas cuidar a nadie para ser patriota. Solo necesitas repetir un eslogan, cantar un himno. La patria te da pertenencia regalada, sin que hagas nada por ganártela.
Y produce una distinción peligrosa: hay unos que son patriotas y otros que no. Hay quienes están dentro y quienes están fuera. Cuando la patria se vuelve identidad, cualquiera que cuestione se convierte en enemigo. Cualquiera que la use como escudo se convierte en intocable.
Yo he visto eso un millón de veces. “(inserte aquí un verbo o cántico que incite a la acción) por la patria”, dicen, como si fuera un eslogan de Frutiño. He visto cómo se usa esa palabra para justificar amenazas, para cerrar bocas. Les confieso que a mí toda la gente que habla de patria me asusta.
Una vez alguien me dijo: “tú no eres patriota”. Me dio algo de lástima. No porque quisiera ser patriota, sino porque me estaba diciendo que yo no pertenecía y él sí. Que mi forma de mirar el mundo era una traición y su obediencia una forma correcta y válida de felicidad.
Pero yo no traiciono nada, (no tengo esa facilidad que tienen los hombres conservadores de someterse felizmente a otros hombre, a mi solamente me gusta someterme ante mi mujer), es que no puedo celebrar algo que no existe, ni aplaudir a lo que me da miedo.
II. Lo que otros entendieron
Baudelaire le hizo una pregunta directa a la patria. En “El Extranjero”, un poema en prosa póstumo de Le Spleen de París, le preguntan a un hombre enigmático a quién ama más. Pregunta: “—¿A tu patria?” Y él: “—Ignoro bajo qué latitud está situada.” La patria es una coordenada que nunca le importó aprender. En “Le Voyage”, cuenta que los hombres parten un día “con el cerebro lleno de llamas y el corazón harto de rencor”. Algunos huyen de una patria infame. Otros huyen del horror de sus cunas. Pero los verdaderos viajeros, dice, son los que parten para partir. Los que no tienen destino. Los que sin saber por qué dicen siempre: “¡Vámonos!”
Al final del poema, los viajeros le cuentan lo que han visto: astros, oleaje, ciudades bajo el sol, mujeres, tronos. Y llegan a la conclusión de que el mundo es monótono y pequeño. Que en todos lados ven el espectáculo aburrido del pecado inmortal. Que la patria que conocieron es la misma en todas partes: la mezquindad humana.
¿Y qué hacen? Se embarcan sur la mer des Ténèbres (en el mar de las Tinieblas) con el corazón alegre de un joven pasajero. Y el poema cierra: “Au fond de l’Inconnu pour trouver du nouveau!” — ¡Hondo en lo Desconocido para encontrar lo Nuevo! La patria de Baudelaire no es un territorio. Es lo que aún no ha sido encontrado. Es la ausencia de mapa como único mapa posible.
Bolaño cita a Baudelaire cuando le preguntan por la patria y construye la suya propia, en Los detectives salvajes los real visceralistas encuentran la patria en cada poema, cada conversación a las tres de la mañana en un bar. La nación de sus personajes es la poesía, lo que se defiende es la poesía. Y la poesía solo existe en el encuentro entre dos personas.
Emmanuel Levinas nos dice la ética empieza en el rostro del otro. la presencia del otro no elegido que me transforma sin mi permiso pero ¿hasta dónde alcanza esa mirada? Para Benedict Anderson la patria son comunidades imaginadas, no es que las comunidades imaginadas sean falsas pero toda comunidad más grande que una aldea de contacto cara a cara es imaginada. La nación, la patria: millones de personas que nunca se encontrarán entre sí creyendo que comparten algo más que cánticos vacíos al servicio del poder.
A mí no me gusta las cosas vacías, mi patria está llena de vida — mi mujer durmiendo a mi lado, mis amigos en una mesa, la voz de alguien que conozco — existe desde el más tierno contacto. Es, en términos de Anderson, casi la única clase de comunidad que no es imaginada, porque se basa en el rostro, la voz, el olor, la presencia; lo real. No necesito imaginar a quien tengo delante. Necesito estar contigo, patria mía.
Para ser un verdadero patriota hay que ser valiente y enfrentar el peso de lo real; la diferencia no es de tamaño. Es de naturaleza. Una patria abstracta te pide que la ames junto a millones que nunca verás —lo cual es gratis, porque no cuesta nada amar a un abstracto—. Mi patria me exige presencia: hay que estar, hay que mirar, hay que tocar, hay que quedarse cuando uno preferiría irse. Una pide obediencia. La otra pide carne, presencia de verdad, nunca obediencia, obediencia jamás.
¿Basta eso? No tengo respuesta definitiva. Sé que una patria de afectos personales puede ser tan excluyente como una patria de banderas. Sé que el amor no me exime de la responsabilidad con el otro. Pero también sé que esa patria abstracta, de Inteligencias artificiales, Cánticos, miedos y papel no te obliga a pensar, te obliga a pertenecer. Y que esta diferencia (entre el deseo de pertenecer y el compromiso de estar y pensar) no es pequeña.
III. La patria que construyo
Mi patria no es un territorio delimitado por fronteras trazadas por hombres que nunca me pidieron mi opinión para decirme dónde debo estar y por dónde me debo mover; y así como no hay nada más superficial que una opinión; no hay cosa que responda más a los azares más mundanos del destino que el lugar de nacimiento.
Mi patria es una reunión con la familia que está, la que ya no está y la que se fue. Mi patria también es una memoria de hace 10 años en la casa de mi abuela, un lugar de la memoria que verdaderamente no existe en ninguna foto, ningún mapa y ningún registro pero que reconozco con los ojos cerrados.
Mi patria está en momentos específicos: una noche de agosto en la que el cielo tenía un color sin nombre, y alguien a mi lado se reía de algo que ya no recuerdo pero que en ese momento era lo más importante del mundo. Son recuerdos que no puedo explicar pero que reconozco cuando los veo. Son olores que me detienen en la calle. Son lugares que significan algo solo porque alguien significativo estuvo ahí conmigo.
Lo pienso. Y escribo esto precisamente porque lo pienso. Porque prefiero la incomodidad del pensamiento a la comodidad del cántico, del unísono, de la certeza absoluta de que tengo la razón.
Mi patria eres tú. Tú, el que está aquí. El que no elegí. El que me mira o no me mira y me obliga a ser mejor de lo que soy sin ti. No tengo bandera, ni territorio, ni himno; mi patria es ella (mi amor) son ellos (mis amigos) son ustedes (mi prójimo) ¿qué otra patria podría existir? ¿qué otra patria valdría la pena defender? Mi patria eres tú.
Referencias
- Baudelaire, C. (1857). Les Fleurs du Mal. Paris: Poulet-Malassis et de Broise.
- Baudelaire, C. (1869). Le Spleen de Paris. Paris: Michel Lévy Frères.
- Barthes, R. (1957). Mythologies. Paris: Editions du Seuil.
- Anderson, B. (1983). Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism. London: Verso.
- Levinas, E. (1961). Totalité et infini. Essai sur l’extériorité. La Haye: Martinus Nijhoff.
- Bolaño, R. (1998). Los detectives salvajes. Barcelona: Anagrama.
